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LEOPOLDO LUGONES

algo duro en la pasta, escarbó un poco, y el papel maldito apareció.

Tan insólito era aquello, que produjo un solemne silencio. La señora, con una calma fría, más terrible que las amenazas de los profetas, desdoblaba lentamente la cedulilla; y en ese momento la chica, desde el fondo de su anonadamiento, balbuceó al azar, con una voz en que desfallecían sollozos:

—Se me cayó del seno...

El papel acabó de desenvolverse.

Y ¡oh! cincuenta veces oportuno "Tyrothrix fiiiformis", y otras tantas sublime "bacterium lacti" , "bacillus butyrricus", y cuantos suculentos microbios, acedan, sazonan y maduran esas maravillas del arte caseoso: los ácidos de la fermentación habían decolorado la anilina, y sólo aparecían vagamente, en un matiz rojizo, palabras sueltas, sin ningún significado al parecer:

Mi i no us

adorado bien de mi alma,

en la mesa , s ca

llama, con sto ree

e os e es

Las cejas de la señora se fruncieron ante tan profanas palabras...

...Pero ¿qué cambio es ese en sus facciones? ¿Por qué mira ahora a Inés con enternecida benevolencia?

Es que acaba de dar con e1 secreto del involuntario criptógamo y comprende lo temerario de su sospecha.

En efect; ¿no correspondían exactamente esas palabras a la oración del noveno martes de San Antonio?

"Mi divino Jesús, único y adorado bien de mi alma, que en la mesa eucarística os llamáis, con justo derecho, el pan de los fuertes... ".

¡Chica ejemplar! Se pasaba copiando oraciones durante sus asuetos ¡quién lo creyera! ¿Reprenderla? Nunca: pues ¿a qué mayor gloria podía aspirar un queso?

Y desde entonces, bajo la advocación complaciente del beato paduano — mi patrón querido — qué besos, qué locos besos se dieron los chicos al almorzar.