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CUENTOS

No te impacientes si me encuentras filósofo, pues mi filosofía es amable y justifica todos los artificios del tocador, condenando solamente sus excesos, por antiestéticos, pues digan lo que quieran los moralistas, las mujeres pintadas son adorables.

Demasiado fea es la realidad para empeñarse tanto en poseerla, y por eso ha de predominar siempre, sobre toda razón, la coquetería con sus agridulces falacías, manifiestas de igual modo en tus afeites y en las margaritas con que Rosa, la novia de Juanito, se refregaba las mejillas... Pero ahora recuerdo que aun no sabes quiénes son Rosa y Juanito.

Rosa es la chiquilla más avispada del lugar y tiene doce años; Juanito es el chico más callado de la población y tiene catorce. Va para tres que la madre de Rosa murió, y su padre se llama Manuelote el carretero, un jastial a quien suponen malo por que es terriblemente forzudo, aunque debe de ser bueno porque Rosa tiene calzones bordados y canta a gritos en su casa. Es fácil ver lo primero cuando ella pone a secar la ropa sobre el cerco de ramas, y oir lo segundo cuando lava en el traspatio.

Juanito, que es huérfano, vive con su tía la señora Agueda, solterona a quien tachan de cicatera porque tiene una nariz de huso y se ha vuelto un poco beata; pero que no debe de serlo, pues recogió al chico y le cría por su cuenta, no contando para vivir sino con sus gallinas.

Las gallinas de la señora Agueda son célebres en los alrededores, tanto por la diversidad de sus razas cuanto por la calidad de sus huevos, que Juanito lleva todos los sábados al mercado de la ciudad. Esto constituye lo más pesado de su tarea, limitada, por lo demás, a la recolección diaria del suculento producto.

Efectivamente, todos los días, a eso de las once, cuando el bochorno empieza a difundir modorras de estío, y suenan en todas direcciones, como broncas matracas, los cacareos denunciadores, Juanito sale con su cesto y se interna en el bosquecillo inmediato, pues las gallinas, completamente libres, anidan en los matorrales.

Algunas se alejan mucho, siendo necesario vigilarlas para que no vayan a quedarse por ahí cluecas y se las coman los zorros. Así, la señora Agueda suele