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LEOPOLDO LUGONES

no extrañar las demoras de Juanito pero en los últimos tiempos estas son tan prolongadas, que ha debido regañarle. Además, volvió al otro día con el asa del canasto rota; y aunque le ha puesto un cordel en reemplazo, no es lo mismo, pues aquel se balancea demasiado.

Juanito soporta en silencio las amonestaciones de su tía y vuelve a demorarse. Empero, la producción de huevos no disminuye, y él, fortalecido por esto, sostiene que cómo no va a tardar, si el pasto ha disminuído mucho con el picoteo, y las gallinas, buscándolo más lejos, se han vuelto muy calaveras ahora...

El bosquecillo en cuestión llega husta la falda de una loma donde Rosa suele pastorear su majada, pues Manuelote es rico y tiene cabras, y dos carretas con tres yuntas de bueyes, y tres caballos.

Fueran inútiles los rodeos, hubiéndoseme: ya escapado que Rosa es novia de Juanito: y entre chicos campesinos, es decir un poco bobos, y pobres, es decir antipáticos, no cabe noviazgo sin amor. Eso queda para tus amiguitas, que sueñan con los honorables cuarentones del comercio y de la industria, y para tí cuando pienses en nodos. El amor así a la tremenda, con lágrimas y sin encajes, es una grosería de palurdos y de pobretes, que pondria en ridículo a una señorita bien. Pero como Juanito y Rosa eran dos salvajillos, se adoraban.

Ahora bien, Manuelote había sospechado algo de esto, advertido por el colorete de las margaritas, y por ciertos indicios más serios, como ser el quedarse Rosa durante grandes ratos con la aguja a media puntada, y el cambiarse varias veces al día, pasando del azul al rosa y del rosa al azul, la cinta de sus cabellos.

Verdad es que a Juanito le pasaba lo mismo, pues se arañaba rabiosamente con el peine, no queriendo andar ya sino de pantalón blanco muy bien planchado.

Manuelote interrogó un día a su hija, mas despertó tal indignación en ella, y tan copiosas lágrimas, que vaciló.

—¿Pero qué creía de ella, por Dios?... ¿Por qué mujer la tomaba?... ¡Malos!.... ¡Malos!.... Todos eran malos con ella!... El también, aunque fuera su padre. No la quería nada, nada, nadita!...

La cosa pasó, no sin cierto asombro de Manuelote