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LEOPOLDO LUGONES

Un ¡ay! de Rosa desvió las furias paternales.

—A casa! A casa, he dicho!

Echó ella a correr, y el monstruo la siguió con enormes trancos.

Apenas desaparecieron, Juanito brincó presuroso, y olvidando el maltrecho cesto se internó por los matorrales, hacia lo más intrincado, no volviera aquel bárbaro, y le rompiera dos costillas.

Cuando se consideró seguro, empezó a caminar lentamente, cavilando sobre su situación, y hasta creo—Dios me perdone — que maldijo su amor en un arranque de despecho.

Pero el buen Amor velaba por él, como vas a verlo.

Entretanto, Manuelote había conferenciado con la señora Agueda, refiriéndole el suceso. Ella, es claro, se horrorizó con toda la sencillez de su virginidad resignada; pero, compasiva al fin, no pudo menos de preguntar:

—Y le pegó fuerte, Manuel? Le pegó, diga?...

—No, no; qué le iba a pegar. Eso quedaba para ella; cada cual arreglaba a sus muchachos.

La señora Agueda se dispuso a ser terrible. Eligió entre varios lazos, sin decidirse por ninguno, a decir verdad; pero arrebatada de indignación cuanto viera al culpable, improvisaría con cualquiera un látigo.

El momento crítico llegó, Juanito venía lentamente, sollozando; pues como infiriera por la cura de su tía que algo grave iba a pasar, simuló un copioso llanto.

La señora Agueda no se conmovió. Puesta en jarras frente a la puerta, fruncido el ceño, pálida, casi blanca la punta de su largu nariz, esperó que el reo pasara. Y como notase que había perdido el canasto, si indignación aumentó. ¡Ahora sí que le escarmentaría de veras!

Todo esto mientras Juanito llegaba. Pero cuando pasó por detrás, notando en qué estado venían sus pantalones blancos. toda su ira rebotó sobre Manuelote

—El bruto!... Qué manera de castigar al pobre chico! Y quería más azotes aún! Como sería la paliza que le dió cuando....

Así fué cómo el buen Amor salvó a Juanito de una soba.