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CUENTOS

ante lo intempestivo de aquella crisis, e hicieron las paces con muchas earicias, tan exageradas por parte de Rosa, que casi se lo comió a besos.

Tres días después, Manuelote buscaba por la falda de la loma que conocemos el rastro de uno de sus bueyes, cuando sintió el murmullo de un diálogo. Era, no cabía duda, la voz de Rosa: y así por ver con quien hablaba, como por bromear, sorprendiéndola, se deslizó hasta un tronco inmediato al sitio.

Rosa, monísima con su mejillas pintadas, los ojos bajos, visible la palpitación de su pecho en el escotito de su corpiño demasiado infantil, estaba sentada sobre la afrontuosidad de una peña, y hacía con el ruedo de su delantal un rollito muy apretado. Juanito, de pie ante ella, empinado el sombrero, cruzadas las manos a la espalda, balanceaba el canasto lleno de huevos, ya golpeándose con él las pantorrillas.

Rosa hablaba:

"¿Para qué se lo hacía decir tanto?... Sí, le quería y pensaba mucho en él. Tenía una estrellita para pensar en él cuando le venia la tristeza de la tarde."

—¿Y el beso que me prometiste ayer?... suplicó Juanito.

Hubo una larga pausa.

—¿...y el beso? — volvió a preguntar el muchacho.

Acometió a Rosa un temblor tan fuerte que casi la hizo caer, y bruscamente rompió a llorar. Juanito giró una mirada afligida, visiblemente turbado ante aquella situación en la cual nada se le ocurría. La chica sollozó:

—Si te prometí Juanito... Pero... no puedo...

Y entonces apareció Manuelote.

Tan petrificados se quedaron, que Rosa cesó de llorar, con las manos crispadas a la altura del rostro y corriéndole entre los dedos lágrimas rosas, pues el carmín floral se le desteñía: en cuanto a Juanito, dejó caer el cesto sin notarlo y permaneció en su sitio, temblándole ligeramente los labios pálidos.

Munuelote avanzó furibundo. ¿Fuera de ahí esa mocosa! Y encarándose con Juanito:

—Ah, bribón! Con que eras tú, no? Vas a ver ahora!

Amagó un bofetón que indudablemente no pensaba dar: el chico intentó retroceder, tropezó y cayó sentado sobre el canasto.