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CUENTOS

mo si esos fragmentos sobrantes, desechados por el artífice, se hubiesen unido en el fondo del muladar en virtud de la cohesión de sus átomos similares.

No es raro encontrar en una hermosísima colección de flores, en un jardín natural ó facticio, una que otra monstruosa y contrahecha y cuyas hojas, que debieron abrirse y plegarse en ondulaciones elegantes, formando en el centro ese pequeño estuche destinado á la gota de rocío ó á la luciérnaga vagabunda, preséntanse desde el nacer como calcinadas por algún soplo de fuego, y como si con ellas se envolviese un gusano voraz y dormilón que no las deja tiempo para beber un rayo de sol.

Así, en todas las demás cosas bellas, creadas para nuestro deleite y recreación, aquella inteligencia oculta que dió vida á la naturaleza, puso al lado de la hermosura y de la nota melodiosa de las aves artistas, las formas y la voz horripilantes del sapo rastrero, amigo de las cuevas húmedas y tenebrosas y