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CUENTOS

rro; se la introduce á través de los compartimentos de la caña, se abren luego seis agujeros en linea, se dá un corte oblicuo en un extremo y luego, con un poco de cera de abejas, se le tapa, dejándole un pequeño conducto, y está hecho el melifluo instrumento. Después se larga por los caminos y llega á los ranchos y á la villa, y por el medio de la calle, muy posesionado de su papel de músico eximio, se le oye repasar unos aires de su invención, es decir, que sale lo que quieren sus pulmones en incesante y monótono resoplido. Él no sabe lo que toca, pero es muy bonito, y aún pretende imitar del clarinete de la banda popular las turbias variaciones sobre motivos de óperas más ó menos infortunadas.

El pobre imbécil rebosa de contento si le llaman á "dar una música" en la puerta; y cuando ha concluido la tocata, ríe con íntima satisfacción, cual si tuviese conciencia de haber arrancado al arte los más ricos secretos de la armo-