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CUENTOS

chísima gente ,—los de afuera empujaban con tal fuerza, que no hubo más remedio que permitir la entrada á todos: se morían de curiosidad.

Entonces supe bien claro de qué se trataba. Adentro, un señor que siempre era el encargado de los discursos en todas las ceremonias públicas, en las reuniones políticas y en los banquetes dados al Gobernador cuando llegaba á la villa de visita, hablaba, es decir, pronunciaba uno de tantos, pero esta vez no decía lo mismo que ya nosotros sabíamos de memoria, sino que en nombre del Gobierno de la Nación, de la junta nombrada para el caso, venia á hacer entrega al pueblo de la primera biblioteca popular, establecida en ese sitio para ir á buscar la luz de la verdad y á iluminar las conciencias, para conocer los derechos de cada uno y para ser más libres.

En la calle se quemaban miles de cohetecillos, la banda atronaba los aires con tocatas arrebatadoras, y los vivas iniciados por algunos de los de la fiesta