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La Ruina de la Casa de Úsher

de roble que eran inaccesibles desde el interior. Débiles rayos de luz filtrábanse a través de los enrejados cristales y bastaban para hacer visibles los objetos principales situados cerca de allí; pero la vista se afanaba en vano por descubrir los ángulos lejanos de la habitación o los detalles de la obra de talla de los artesonados de la bóveda. Obscuras draperías pendían de los muros. La mueblería era profusa, antigua, incómoda, y estaba hecha girones. Libros e instrumentos de música diseminados acá y allá no lograban prestar vida a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de pesadumbre. Un ambiente de melancolía tenaz, profunda e irremediable flotaba y se difundía por doquier.

A mi entrada, Úsher se levantó de un sofá donde yacía completamente acostado y me saludó con efusiva vivacidad, que me pareció al principio tener mucho de la exagerada cordialidad y del esfuerzo amable del hombre de mundo ennuyé. Una ojeada a su semblante me convenció pronto, sin embargo, de su sinceridad. Nos sentamos; y durante algunos minutos, en tanto que él guardaba silencio, examinábale yo con un sentimiento mezcla de piedad y de terror. ¡Jamás hombre alguno ha sufrido, seguramente, alteración tan terrible en un corto espacio de tiempo como Róderick Úsher! Con dificultad pude admitir la identidad del pálido espectro que aparecía ante mis ojos con la del compañero de mi temprana juventud, aun cuando los rasgos de su fisonomía habían sido notables en todo tiempo. Cutis de palidez cada-