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Cuentos Clásicos del Norte

vérica; grandes ojos incomparablemente húmedos y luminosos; labios algo delgados y muy descoloridos, pero de bellísima curva; nariz de delicado perfil hebreo con ventanillas extraordinariamente movibles para esta clase de tipo; barba finamente modelada, que acusaba en su falta de prominencia la falta de energía moral; cabello tan suave y tenue como una pluma; facciones todas que, acompañadas de un desarrollo poco común hacia las sienes, formaban un conjunto que no podía olvidarse fácilmente. Y ahora la simple exageración del carácter predominante de aquellos rasgos y del sello que les caracterizaba había provocado cambios tan profundos que me hacían dudar de la personalidad de aquel a quien me dirigía. La palidez excesiva de la piel le hacía asemejarse a un espectro; y sobre todo, me deslumbraba el brillo maravilloso de sus ojos, produciéndome casi una especie de pavor. El cabello plateado había crecido descuidadamente y en su tenuidad flotaba más bien que caía alrededor del rostro, en forma tal, que me era imposible asociar su arábigo estilo con la idea de un ser humano.

En los modales de mi amigo pude notar inmediatamente cierta incoherencia y vaguedad que provenían, según me apercibí pronto, de continuos y fútiles esfuerzos para dominar una habitual trepidación o excesiva agitación nerviosa. En realidad, estaba preparado a encontrar algo de esta naturaleza, no sólo por su carta sino por reminiscencias de la expresión particular de sus facciones juveniles y por conclusiones fáciles de deducir de