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El Experimento del Doctor Héidegger

plazando la palidez terrosa que les hacía asemejarse a un cadáver. Miráronse unos a otros, imaginando que algún mágico poder principiaba a borrar en realidad la honda y triste huella que el Tiempo había grabado desde muy atrás en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló su capota, casi sintiéndose mujer de nuevo.

—¡Dadnos un poco más de esta agua maravillosa! —exclamaron ansiosamente. —Hemos comenzado a rejuvenecer, pero estamos todavía demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un poco más!

—¡Paciencia, paciencia!— dijo el doctor Héidegger que, sentado, observaba los efectos del experimento con filosófica frialdad. —Habéis puesto largo tiempo para haceros viejos. No dudo que os contentaréis con rejuvenecer en una hora. ¡Sin embargo, el agua está a vuestra disposición!—

Llenó las copas nuevamente con el licor de la juventud, del cual quedaba lo bastante en el recipiente para volver tan jóvenes como sus nietos a la mitad de los viejos de la ciudad. Mientras estallaban aún las burbujas en el borde, los cuatro invitados del doctor se apoderaron de los vasos y bebieron el contenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión acaso? No bien acababa de pasar el líquido por su garganta cuando pareció presentarse un cambio en toda su naturaleza. Tornáronse sus ojos claros y brillantes; una sombra obscura se extendió sobre sus plateados rizos; y se encontraron reunidos en tomo de la mesa del doctor Héidegger tres caballeros de mediana edad y una dama salida apenas de la primera juventud.