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Cuentos Clásicos del Norte

al afrontar por segunda vez los peligros de la juventud. ¡Pensad que sería un crimen y una vergüenza si, con las ventajas especiales de que vais a disfrutar, no fuerais modelo de virtud y de sabiduría para todos los jóvenes de vuestra edad!—

Los cuatro venerables amigos del doctor sólo respondieron con una débil y trémula carcajada; tan rídicula les pareció la idea de que, conociendo cuán próximo sigue el arrepentimiento las huellas del error, hubieran de extraviarse nuevamente.

—Bebed entonces,— dijo el doctor inclinándose.

—Me regocijo de haber elegido con tanta discreción los sujetos para mi experimento.—

Con temblorosas manos levantaron las copas hasta sus labios. Si el licor poseía en realidad las virtudes que le atribuía el doctor Héidegger, no podía emplearse en cuatro seres humanos que lo necesitaran más lastimosamente.

Parecía que nunca hubieran tenido juventud ni placeres, que hubieran sido un producto anormal de la naturaleza, siempre las mismas criaturas grises, decrépitas y sin savia que se encontraban en derredor de la mesa del doctor, tan yertas de cuerpo y alma que ni siquiera sentían entusiasmo ante la idea de rejuvenecer. Bebieron el agua y colocaron de nuevo los vasos sobre la mesa.

Indudablemente pudo notarse al punto cierta animación en el aspecto de los invitados; algo así como el efecto producido por un vaso de vino generoso, con un resplandor de claridad repentina que irradiaba en los cuatro rostros a la par. Apareció un sonrosado de salud en sus mejillas, reem-