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Leyendas de la Casa Provincial

rabia y de pesar cuando por última vez, y como el último de los gobernadores reales, atravesó el dintel del pórtico de la casa provincial.

—¡Mirad! El cortejo avanza, —dijo Miss Jóliffe.

La música moría en la calle, y sus tristes sones vinieron mezclados con el resonar de media noche en el campanario de la antigua Iglesia del Sur, y con el estruendo de la artillería que anunciaba que el ejército sitiador de Wáshington se había atrincherado en una colina más cercana. Cuando el sonido retumbante del cañón hirió sus oídos, irguióse el anciano coronel Jóliffe en toda su altura y sonrió austeramente al general inglés.

—¿Querría vuecencia investigar algo más acerca de este misterioso espectáculo? —preguntó.

—¡Cuidado con vuestra cabeza blanca! ¡Ha estado demasiado tiempo sobre los hombros de un traidor!— exclamó ferozmente Sir Wílliam Howe, aunque sus labios temblaban.

—¡Debéis entonces apresuraros a cortarla,— replicó tranquilamente el coronel; —porque dentro de pocas horas todo el poder de Sir Wílliam Howe y todo el poder de su amo serán impotentes para hacer caer uno solo de estos cabellos grises! ¡El imperio inglés en esta provincia, está dando esta noche sus ultimas boqueadas; casi es ya cadáver mientras hablo; y pienso que las sombras de los antiguos gobernadores son cortejo adecuado para el funeral!—

A estas palabras el coronel Jóliffe se arrebozó en la capa y cogiendo el brazo de su nieta, abandonó