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de la sociedad en la metrópoli vecina. La contraseña era ni más ni menos que una sola palabra que Mamá Rigby murmuró al oído del espantajo y que este debía murmurar a su vez al oído de mercader.

—Gotoso y todo como es este viejo camarada, hará por ti cualquiera correría tan pronto como hayas pronunciado esta palabra en sus oídos, — dijo la vieja bruja. —¡Mamá Rigby conoce muy bien al digno juez Gookin, y el digno juez conoce bien a Mamá Rigby!—

A estas palabras la bruja acercó su arrugada faz a la del muñeco, riendo inconteniblemente y estremeciéndose con deleite de pies a cabeza a la idea de lo que iba a comunicarle.

—El digno magistrado Gookin, —murmuró, —tiene por hija una donosa doncella. Y ¡escucha bien, mi favorito! Tu tienes bello continente y bastante ingenio natural. ¡Sí, bastante viveza de entendimiento! Lo comprenderás mejor cuando hayas podido apreciar el ingenio de los demás. Ahora bien; con ese exterior e interior tuyos, eres el hombre llamado a conquistar el corazón de una joven. ¡No lo dudes jamás! Te garantizo que así será. Pon solamente de tu parte bastante aplomo en el asunto, suspira, sonríe, agita tu sombrero, adelanta el pie como un maestro de baile, coloca la mano derecha sobre el lado izquierdo de tu chaleco, y la linda Polly Gookin será tuya.—

Todo este tiempo la nueva criatura había estado inhalando y exhalando la vaporosa fragancia de su