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El Hombre sin Patria

Hizo esto tan impensadamente que Shúbrick, que estaba a su lado, no pudo impedírselo. Ella rió y dijo:

—Ya no puedo llamarme Miss Rútledge, Mr. Nolan; pero bailaré con vos lo mismo que si lo fuera;— e hizo una seña con la cabeza a Shúbrick como diciendo que le confiara a Nolan, a quien condujo al lugar donde se formaba la cuadrilla.

Nolan pensó que al fin le llegaba su vez. Había conocido a la dama en Filadelfia y se había encontrado con ella en otras partes, y pensó que era una enviada de Dios. No es fácil conversar en contradanzas como se hace en el cotillón y aun en los intervalos del vals; pero allí había oportunidad para la voz y los sonidos lo mismo que para las miradas y los sonrojos. Comenzó hablando de sus viajes y de Europa y el Vesubio y los franceses; y luego, cuando terminaron la figura, y tenían bastante tiempo de conversar mientras los demás desempeñaban su turno, dijo él con intrepidez, aunque algo pálido, afirmaba ella cuando me refirió la anécdota años después:

— Y ¿qué habéis sabido de la patria, Mrs. Graff?—

Entonces la arrogante criatura le miró con ojos penetrantes. ¡Júpiter! ¡Qué mirada más penetrante debió lanzarle!

—¡La patria?? ¡Mr. Nolan!!! ¡Yo creía que erais vos el hombre que no deseaba volver jamás a oír hablar de su patria— y subió inmediatamente al puente en busca de su marido, dejando al pobre