Página:Cuentos de hadas.djvu/183

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contró á su pobre Fiera tendida en el suelo, embargadas las potencias. Creyóla muerta, y se arrojó sobre su cuerpo sin que su horrible figura le inspirase la menor aversion, y notando que su corazon palpitaba todavía, cogió agua para rociarle la cabeza. La Fiera abrió los ojos y dijo a Linda;

—Habíasme entregado ya al olvido. ¡Ay triste! Fué tan profunda la afliccion de mi ánimo a la sola idea de perderte para siempre, que resolví dejarme morir de hambre; pero ya que tengo la dicha de contemplarte otra vez, muero contento.

—No, mi querida Fiera, no morirás; vive para ser mi esposo: tuya es mi mano, y juro ser tuya para siempre. ¡Ay! el dolor que me oprime el pecho harto me dice que me sería imposible vivir sin tí.

No habia concluido Linda de pronunciar las últimas palabras, cuando de repente ve el palacio todo iluminado; brillantes fuegos artificiales y una música deliciosísima anuncian una gran fiesta; pero sin hacer caso, vuelve la cabeza hacia su querida Fiera. El Mónstruo habia desaparecido, y en lugar del Mónstruo vió postrado á sus plantas á un príncipe hermoso como un sol, que le daba gracias por haber deshecho su encantamiento. Preguntóle Linda dónde estaba la Fiera, y le contestó:

—Soy yo, lucero de mi alma: una bruja ¡que mal haya! me habia condenado á tomar aquella figura, impidiéndome además hacer uso de mi ingenio, hasta que una hermosa niña consintiera en casarse conmigo. Solo tú en el mundo eras bastante bondadosa para dejarte vencer de la bondad de mi carácter. Aunque yo te ofrezca