Página:Cuentos de hadas.djvu/33

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—¿Bajas ó no, con dos mil de á caballo? gritaba Barba-azul.

—Al momento, al momento, contestó su mujer. Y luego decia por lo bajo:

—Ana, mi querida hermanita Ana, ¿ves algo?

—Veo dos caballeros que vienen hácia acá, pero están muy léjos todavía..... ¡Alabado sea Dios! exclamó al poco tiempo: son mis hermanos; y les estoy diciendo por señas que aprieten el paso.

Barba-azul estaba echando sapos y culebras, y gritando tan desaforadamente, que retemblaba todo el edificio.

La infeliz esposa tuvo que bajar, y desgreñada y pálida y anegada en lágrimas se arrojó a los piés de su marido.

—Todo es inútil, exclamó Barba-azul: llegó tu hora.

Miéntras con una mano la tenia cogida por los cabellos, con la otra levantaba en alto el alfanje para cortarle la cabeza. La pobre mujer, alzando su frente y mirándole con ojos moribundos, le suplicó que le concediese algunos instantes para recomendar el alma.

—No, no, dijo él: Dios te perdone. Y levantando el brazo....

Al mismo instante llamaron a la puerta con tal furia, que de golpe se quedó Barba-azul suspenso.

De repente ábrese la puerta, entran dos caballeros espada en mano, y arremeten contra él. Conociendo Barba-azul que serian los hermanos de su mujer, dragon el uno, y mosquetero el otro, tomó corriendo las de Villadiego. Mas de poco le valió la ligereza de las piernas,