Página:Cuentos de hadas.djvu/51

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liz de tu vida. Cúbrete con ese pellejo, sal del palacio, pon tierra en medio. Cuando todo se sacrifica á la virtud, saben los dioses recompensar el sacrificio. Anda, nada temas. Yo cuidaré de que á todas partes vayan contigo tus alhajas y tus vestidos: do quiera que te encamines, esta cajita donde están guardados, irá siguiendo tus pasos por debajo tierra. Toma esta varilia que te regalo: da con ella un golpe en el suelo siempre que necesites la cajita, al momento aparecerá. ¡Vivo, vivo! no te detengas.

La infanta dió un millon de abrazos á su madrina; rogóle que no la abandonase, se tiznó el rostro de hollin, y tapujándose con el feo pellejo del asno, saltó del suntuoso palacio sin ser de nadie conocida.

La desaparicion de la infanta levantó mucho run run. El rey, que habia mandado preparar una fiesta magnifica, cayó en un abatimiento indecible: nada podia consolarle. Mandó salir más de cien soldados de á caballo, y más de mil mosqueteros en busca de su hija; pero el Hada que la protegia la hizo invisible, y todo fué inútil. No hubo más remedio que conformarse.

Entre tanto la infanta, camina que caminarás. Fué muy léjos, muy léjos, más léjos todavía, andando de zoca en colodra, en busca de colocacion; pero por más que le diesen limosna, nadie queria recibirla en su casa, por lo mugrienta y asquerosa que á todos parecia. Al fin llegó á una ciudad muy hermosa, á cuyas puertas habia una granja. La mujer del arrendatario necesitaba una porquera para lavar las rodillas y limpiar la basura de los pavos y el pilon de los cerdos, y como