Página:Cuentos de hadas.djvu/93

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—¿Qué mejor prueba de ingenio que la creencia de no tenerlo? Ese precioso don del ánimo es de tal naturaleza, que cuanto en más alto grado se posee, mas firmemente se cree estar privado de él.

—No sabía yo eso, dijo la princesa; lo que si me tengo muy tragado es que soy muy bestia, y esta es la causa de la tristeza que me devora.

—Si es esto lo que os aflige, yo puedo poner término a vuestro dolor.

—¡Bah! ¿cómo es posible? dijo la princesa.

—Porque poseo, dijo Roquete del Copete, el don de infundir en la persona a quien más ame lodo el ingenio que en humano entendimiento cabe; y como esa persona sois vos, señora, de vuestra voluntad, y solo de vuestra voluntad, depende tener todo el talento imaginable, como os determineis á casaros conmigo.

La princesa quedó estupefacta, y no dijo esta boca es mia.

—Bien claramente veo, añadió Roquete del Copete, que semejante peticion os asusta, y no me extraña; pero os concede un año de término para reflexionarlo maduramente.

Tan roma de ingenio era la princesa, y tan vivos eran sus deseos de tenerlo, que imaginando que el término del plazo no habia de llegar jamás, aceptó sin titubear la condicion propuesta.

Lo mismo fué prometer á Roquete del Copete que al cabo de un año le daria la mano de esposa, que parecerle ser otra de la que habia sido: todo cuanto se le venia a la imaginacion sabia expresarlo con una facilidad