Página:Cuentos de hadas.djvu/98

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—Podeis hacerlo, contestó Roquete del Copete, solo con que me ameis hasta el punto de desearlo con vehemencia; y para que no os quede ninguna duda, sabed, señora, que la misma hada que el dia de mi nacimiento me concedió el poder de infundir talento en el alma de la persona que eligiese mi corazon, os concedió tambien la inestimable virtud de poder dolar de hermosura al venturoso mortal a quien amáseis y os dignárais dispensar tan alto favor.

—Si es verdad lo que decis, contestó la princesa, con toda mi alma deseo veros trasformado en un príncipe el más gentil y bizarro que jamás haya existido, y en cuanto de mi dependa os otorgo esta gracia.

No bien concluyó la princesa de pronunciar estas palabras, cuando Roquete del Copete se apareció á sus ojos convertido en el jóven mas hermoso y galan que jamás se haya visto.

Afirman algunos que no fueron los hechizos de la Hada, sino el amor, quien obró tales prodigios.

Dicen que habiendo reflexionado la princesa sobre lo mucho que valían la constancia, la discrecion y demás excelentes dotes de ánimo de su amante, desaparecieron de su vista la deformidad del cuerpo y la horrible fealdad del rostro: que no veia en su joroba más que las formas atléticas de un mancebo de robustos hombros; y que así como hasta entónces le habia visto cojear grotescamente, ya no le notaba al andar más que cierta inclinacion de cuerpo y cierto balanceo que la hacia mucha gracia; que sus ojos de besugo se le antojaban dos luceros; que el desalíño del cuerpo se le figuraba la expresion na-