Página:Cuentos y cronicas.djvu/172

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RUBÉN DARÍO


En la orilla derecha, por la enorme arteria del bulevar, los vehículos lujosos pasan ha- cia los teatros elegantes. Luego son las ce- nas en los cafés costosos, en donde las muje- res de mundo que se cotizan altamente se ejercen en su tradicional oficio de desplumar al pichón. El pichón mejor, cuando no es un azucareríto francés como el que aun se re- cuerda, es el que viene de lejanas tierras, y, aunque el rastacuerismo va en decadencia, no es raro encontrar un ejemplar que man- tenga la tradición. Cerca de la Magdalena y de la Plaza de la Concordia está el lugar famoso que tentara la pluma de un comediógrafo. Allí esas damas enarbolan los más fastuosos pena- chos, presentan las más osadas túnicas, apa- recen forradas academias o traficantes figu- rines, para gloria de la boííe y regocijo de viejos verdes, anglosajones rojos y universa- les efebos de todos colores, poseídos del más imperioso de los pecados capitales, bajo la urgente inñuencia del extra-dry. Allí, como en tales o cuales establecimientos de los bu- levares, se consagra la noce verdaderamente parisiense, para el calavera de París, o d'ail- leurs, que cuenta con las rentas de un capi- tal, o con los productos de una lejana estan-160