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DE DIÓGENES LAERCIO.

sobre otra, es bastante»[1]. Habiéndole uno encargado la instrucción de su hijo, el filósofo le pidió por ello 500 dracmas; y diciendo aquél que con tal cantidad podía comprar un esclavo, le respondió Aristipo: «Cómpralo y tendrás dos».

 6. Decía que «recibía el dinero que sus amigos le daban no para su provecho, sino para que viesen éstos cómo conviene emplearlo». Notándole uno en cierta ocasión el que en su pleito hubiese buscado defensor a su costa, respondió: «También busco a mi costa un cocinero cuando tengo que hacer algún banquete». Instándole una vez Dionisio a que dijese algo acerca de la filosofía, respondió: «Es cosa ridícula que pidiéndome que hable, me prescribáis ahora el tiempo en que he de hablar». Indignado Dionisio de la respuesta, le mandó ocupar el último lugar en el triclinio; pero él ocurrió, diciendo: «Ya veo quisiste sea éste el puesto de más honor». Jactábase uno de que sabía nadar, a que respondió: «¿No te avergüenzas de jactarte de una cosa que hacen también los delfines?». Preguntado sobre qué diferencia hay entre el sabio y el ignorante, respondió: «Envíalos a ambos desnudos a tierras extrañas y lo sabrás». A uno que se gloriaba de no embriagarse aunque bebiese mucho, le dijo:

  1. El ignorante que va al teatro no puede divertir el espíritu, sí sólo el cuerpo con las bufonadas de los que llaman graciosos. Así que, no penetrando las sutilezas y primores de los buenos dramas (como fueron los de los griegos), viene a ser una estatua sentada en una grada; esto es, piedra sentada sobre piedra. Los teatros antiguos eran todos de piedras y mármoles.