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LIBRO II.

el malediciente le fuese detrás y le dijese que por qué huía, respondió: «Porque tú tienes poder para hablar mal, y yo no lo tengo para oírlo». Diciendo uno que siempre veía a los filósofos a la puerta de los ricos, respondió: «También los médicos frecuentan las casas de los enfermos; pero no por eso habrá quien antes quiera estar enfermo que ser curado».

 5. Navegaba una vez para Corinto, y como lo conturbase una borrasca y uno le dijese: «¿Nosotros idiotas no tenemos miedo, y vosotros filósofos tembláis?», respondió: «No se trata de la pérdida de una misma vida entre nosotros y vosotros». A uno que se gloriaba de haber aprendido muchas cosas, le dijo: «Así como no tiene más salud quien come mucho y mucho se ejercita que quien come lo preciso, así tampoco debe tenerse por erudito quien estudia muchas cosas, sino quien estudiar las cosas útiles». Defendiólo cierto orador en un pleito que ganó, y como le dijese: «¿De qué te ha servido Sócrates, oh Aristipo?», respondió: «De que todo cuanto tú has dicho en bien mío sea verdadero». Instruía a su hija Areta con excelentes máximas, acostumbrándola a despreciar todo lo superfluo. Preguntándole uno en qué cosa sería mejor su hijo si estudiaba, respondió: «Aunque no saque más que no ser en el teatro una piedra sentada