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DE DIÓGENES LAERCIO.

por tres óbolos?» Y diciendo que sí, repuso: «Luego ya no soy yo tan amante del regalo como tú del dinero».

 8. Simo, tesorero de Dionisio, le enseñaba una vez su palacio, construido suntuosamente con el pavimento enlosado. (Era frigio de nación y perversísimo.) Escupióle Aristipo en el rostro; y encolerizándose de ello Simo, le respondió: «No hallé lugar más a propósito». A Carondas (o a Fedón, como quieren algunos), que le preguntaba quién usaba ungüentos olorosos, respondió: «Yo, que soy un vicioso en esto, y el rey de Persia, que lo es más que yo. Pero advierte que así como los demás animales nada pierden aunque sean ungidos con ungüentos, tampoco el hombre. Así, ¡que sean malditos los bardajes que nos murmuran por esta causa!» Preguntado cómo había muerto Sócrates, respondió: «Como yo deseo morir». Habiendo en una ocasión entrado en su casa Políxeno, sofista, como viese muchas mujeres y un magnífico banquete, lo censuró por ello. Contúvose por un poco Aristipo; pero luego le dijo: «¿Puedes quedarte hoy con nosotros?», y respondiendo que sí, replicó: «¿Pues por qué me censurabas?» En un viaje iba un esclavo suyo muy cargado de dinero; y como le agobiase el peso, le dijo: «Arroja lo que no puedas llevar, y lleva lo que puedas». Así lo refiere Bión en sus Ejercitaciones.

 9. Navegando en cierta ocasión, como supiese que la nave era de piratas, sacó el dinero que