Página:Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1911).djvu/50

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prefería dejar que el destino urdiera su tela, pronto, sin embargo, á intervenir en el momento oportuno para la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y excesos, parecía no temer que yo abusara de la situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá, también, porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio interés. Para demostrarme cuál era éste, me decía, á menudo, que mi padre y él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y el éxito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin poder adivinar sus planes, é intrigado con ellos.

—¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un hombre»?—pregunté un día á Teresa.—¿Te ha dicho algo sobre eso?

—Puede ser—contestó con sonrisa indefinible, llena de reticencias.—Lo único que puedo decirte—agregó, muy afirmativa,—es que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.

No tardaría, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que habían de darme los primeros días desgraciados de mi vida.

Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiración, dulce caricia á mi amor propio y causa de obscura felicidad.

Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción, en las antiguas correrías picarescas con los pillastres del pue-