Página:Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1911).djvu/62

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que entonces, sin entusiasmarme desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle! ¡Nadie nace sabiendo!

Sin embargo, más que todo aquello, me gustó la plaza pública, muy vasta y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos cuyas redondas copas verde obscuro se unían entre sí formando una techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros de jóvenes que las devoraban con los ojos ó las requebraban al pasar, mientras que los viejos—padres benévolos y madres ceñudas,—sentados en los escaños de piedra ó de listones pintados de verde, mantenían con su presencia la disciplina y el decoro.

Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice perdiz y corrí á fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción. Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel, para mí enorme, hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado,—como si aquel cinturón de colinas me separara del mundo,—en medio de tanta gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre aquella