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EL MERCADER

monía de los seres inmortales; pero mientras nuestro espíritu está preso en esta oscura cárcel, no la entiende ni percibe. (Salen los músicos.) Tañed las cuerdas, despertad á Diana con un himno, halagad los oidos de vuestra señora y conducidla á su casa entre música.

JÉSSICA.

Nunca me alegran los sones de la música.

LORENZO.

Es porque se conmueve tu alma. Mira en el campo una manada de alegres novillos ó de ardientes y cerriles potros: míralos correr, agitarse, mugir, relinchar. Pero en llegando á sus oidos son de clarín ó ecos de música, míralos inmóviles, mostrando dulzura en sus miradas, como rendidos y dominados por la armonía. Por eso dicen los poetas que el tracio Orfeo arrastraba en pos de sí árboles, ríos y fieras: porque nada hay tan duro, feroz y selvático que resista al poder de la música. El hombre que no siente ningún género de armonía, es capaz de todo engaño y alevosía, fraude y rapiña; los instintos de su alma son tan oscuros como la noche, tan lóbregos como el Tártaro. ¡Ay de quién se fie de él! Oye, Jéssica.

(Salen Pórcia y Nerissa.)
PÓRCIA.

En mi sala hay luz. ¡Cuan lejos llegan sus rayos! Así es el resplandor de una obra buena en este perverso mundo.

NERISSA.

No hemos visto la luz, al brillar los rayos de la luna.

PÓRCIA.

Así oscurece á una gloria menor, otra más resplandeciente. Así brilla el ministro hasta que aparece el