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ROMEO

brisas del estío, el capullo de esta flor. Adios, y ojalá aliente tu pecho en tan dulce calma como el mio!

ROMEO.

¿Y no me das más consuelo que ese?

JULIETA.

¿Y qué otro puedo darte esta noche?

ROMEO.

Tu fé por la mia.

JULIETA.

Antes te la dí que tú acertaras á pedírmela. Lo que siento es no poder dártela otra vez.

ROMEO.

¿Pues qué? ¿Otra vez quisieras quitármela?

JULIETA.

Sí, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que tengo ya. Pero mi afán de dártelo toda es tan profundo y tan sin límite como los abismos de la mar. ¡Cuanto mas te doy, más quisiera darte!... Pero oigo ruido dentro. ¡Adios! no engañes mi esperanza... Ama, allá voy... Guárdame fidelidad, Montesco mio. Espera un instante, que vuelvo en seguida.

ROMEO.

¡Noche, deliciosa noche! Sólo temo que, por ser de noche, no pase todo esto de un delicioso sueño.

JULIETA.

(Asomada otra vez á la ventana.) Sólo te diré dos palabras. Si el fin de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al mensajero que te enviaré, de cómo y cuándo quieres celebrar la sagrada ceremonia.