Página:Dramas de Guillermo Shakespeare.djvu/427

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OTELO.

OTELO.

Te lo prometo.

YAGO.

Si no, lo sentiria, y áun seria más pronto el desenlace, que lo que yo imaginé. Casio es amigo mio... Pero ¡estais turbado!

OTELO.

¿Por qué? Yo tengo á Desdémona por honrada.

YAGO.

¡Que lo sea mucho tiempo! ¡Que por muchos años lo creas tú así!

OTELO.

Pero cuando la naturaleza comienza á extraviarse...

YAGO.

Ahí está el peligro. Y á decir verdad, el haber despreciado tan ventajosos casamientos de su raza, de su patria y de su condicion y haberse inclinado á tí, parece indicio no pequeño de torcidas y livianas inclinaciones. La naturaleza hubiera debido moverla á lo contrario. Pero... perdonadme: al decir esto, no aludo á ella solamente, aunque temo que al compararos con los mancebos de Venecia, pudiera arrepentirse.

OTELO.

Adios, adios, y si algo más averiguas, no dejes de contármelo. Que tu mujer los vigile mucho. Adios, Yago.

YAGO.

Me voy, general. Quédate con Dios. (Se aparta breve trecho.)