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Página:Duayen Stella.djvu/472

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465 STELLA

exquisita coquetería, y desde allí besó su ens canto.

El silencio, como un viejo soberano calma- ba todo 4 su alrededor: los dolores y la hojas.

Las hojas no murmuraban; sus dolores se suavizaban.

Quiso ver el mar desde donde Stella y ella lo contemlaban; quiso tener la visión de la escena que sorprendió escondido detrás de los pinares, y se encaminó hacia allí.

Por esa movilidad de nuestro pensamiento, no pudo presentarse ya á la Alex del Ombáú, 4la dulce maestra de la playa. A su evoca- ción, aparecía Alejandra Fussller triste y aba- tida, avanzando sola en el camino de la vida, allá en los países fríos del Norte; en los países de las largas noches y de los largos días; en los países de las nieblas y de los fjórds,

Súbitamente sintió frío como si se le helara su sangre. Acababa de penetrar en él esta idea: «¿Y por qué sola?....»

El desaliento y la enervación que lo domi paban desde su partida, habíanlo preservado de pensar en otra cosa sinó en que ella le faltaba; dela tortura de imaginar que podría serle arrebatada. Hasta entonces sólo se ha- bía dicho: «Yo creía conocerlo todo: me fal- taba probar la privación y la indiferencia de la mujer querida». Recién ahora empezaba 4 apercibirse que le restaba algo más toda- vía: la terrible angustia, la ansiedad, la zozo- bra, la alarma desesperada de vérsela robar!