Página:ECH 1990 2 - Aguirre Cerda, Pedro, Presidencia de.djvu/7

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Mundo y atesora, incansablemente, las enseñanzas que ellos ofrecen. Como funcionario público, como Diputado, como Senador, como Ministro, Don Pedro Aguirre es un motor en continua efervescencia. No se abandona a la rutina. Los altos cargos, las dignidades oficiales, las representaciones populares, no constituyen para él un fin sino un medio de encauzar sus iniciativas, de crear, de construir, de abrir rutas al progreso, de incorporar lo nuevo a la sustantividad de la patria.

El Señor Aguirre Cerda era un gran lector, y era, todavía, más que eso; era un lector cultísimo de obras antiguas y modernas. Había contraído el hábito de recorrer, periódicamente, las librerías y contaba con sincero regocijo, el deleite que en sus viajes por Europa procuraba Paris a los buscadores de libros, ofreciendo la sorpresa de lo que parecía inencontrable.

Enemigo de la violencia. Era un idealista pero su sentido del equilibrio, lo protegía de convertirse en un iluso. Por ningún resquicio de su voluntad, se filtró la utopía. Y, justamente, tal condición de su carácter, era la virtud más necesaria para un gobernante en las circunstancias en que a él le correspondió dirigir el país, a la cabeza de un conglomerado de agrupaciones que llegaban, por primera vez, al gobierno.

Resuelto y ponderado, valeroso pero ecuanime, enemigo de toda violencia. Habría podido asegurársele que, mediante un acto brutal, se iba a solucionar, en un solo día, los problemas de Chile. El habría preferido no solucionar los problemas de Chile en un solo día, antes que consentir en un acto brutal. Excluía de sus métodos de gobernante, los remedios apresurados, aunque llevaran la apariencia de ser eficaces. Al mismo paso que era enemigo de toda postergación morosa, era, invariablemente, adicto al estudio previo de todo asunto, a su examen detenido y acucioso, a su planificación racional. Nada era más contrario a su temperamento que el sentido retardatario o la inactividad cuando un problema estaba quemando la conciencia del país. No obstante, se colocaba a igual distancia de toda actitud demagógica, que, al juicio de una popularidad esporádica, indujera a las multitudes al error de suponer que la solución de ciertos problemas era de índole fácil o que podría llevarse a