Página:ECH 2985 13 - Farmacopea popular.djvu/3

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a poco entran en desuso los estimulantes de la piel como la zarzaparrilla chilena y se olvida la aromática agua de toronjil o la aplicación de hojas de arrayán.

 En las labores caseras de la tintorería no se consultan creaciones criollas y todo el recetario se basa en la alquimia de los araucanos o promaucaes. Aún se usan en hilanderías el quilo, el culón y el quillay hervidos en orines humanos, los tintes de algarrobilla, chapico y contra-yerba o dauda y el mordiente de quilmay.

 Resulta muy interesante comprobar la tradición universal de la hechicería y establecer contacto con los aportes hispánicos o europeos. Pueden consultarse para este efecto las obras de Jorge Sand, Thomas Hardy, Cervantes, Calderón de la Barca, Ruiz de Alarcón, Shakespeare, Goethe, Scribe, Alejandro Dumas, Pirandello, Gil Vicente, Menendez Pelayo, Casanova, Velez de Guevara, Martzenbusch; y aún Apuleyo, Platón, Petronío. Machiavello, etc. En novelas españolas se encuentran los "trababajos con azufre", el "mal de ojo", los "vuelos en palo de escoba", las transformaciones en lechuza, etc.; como asimismo los brujos que chupan la sangre de los niños y el macho cabrio.

 Entre los chachivaches, merjunges y trastos con cualidades curativas, de la hechicería chilena, se han catalogado: las copuchas; los anillos, pulseras y argollas de cobre; como también las uñas de la gran bestia, la piedra bezoar, la enjundia (grasa de ave), el ungüento de rana, el unto sin sal, las cáscaras de huevo preparadas, los cocimientos vegetales, las birmas (bizmas) para luxaciones, los parches y en especial la piedra imán y la grasa de la Vírgen, que se obtiene en el Santuario de Andacollo (Prov. de Coquimbo).



Bibliografía

Laval,