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El Japón

—No; soy yo el jefe de la familia—contestó Futen, dándose aire de cómica importancia.

—¿Y te quejas de no tener otra compañía que la de las mujeres?

—El pez nada en el río en que nace; y pido todos los días al sol, que me envíe dos cuñados de mi gusto.

—Con la belleza de tus hermanas, Ten-Sio-Dai-Tsin no tendrá mucho que trabajar para complacerte.

—¡Ah! exclamó Futen—bien se ve que no las conoces. Son coquetas, caprichosas y derrochadoras, hasta el punto de espantar al marido más generoso.

—Pues yo sería feliz sometiéndome á los caprichos de Yamata—dijo Boitoro lanzando un suspiro.

Futen se puso serio de pronto.

—Si hablas al jefe de la familia— dijo— no bromees.

¿Quién eres para casarte con mi hermana?

—Hablaré en mi nombre y en el de mi amigo Miodjin que ama á tu otra hermana —dijo Boitoro.— No tenemos padres, de modo que él es toda mi familia, como yo soy toda la suya; nos conocimos en los bancos de la escuela y nos amamos desde entonces. El es samurai, como yo; poseemos bastante capital, del cual disponemos desde hace algunos meses. Ha un año que amamos, en secreto, á tus hermanas y hemos venido hoy aquí, para decidir algo en concreto.

—Está bien. Lo pensaré—dijo Futen volviendo á adquirir su aspecto alegre, y, desafiando á Boitoro para que le cogiese, echó á correr á través de los árboles.

Ya estaba elegido el lugar á donde se iba á comer y

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