Página:El Japón.djvu/53

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El Arte

presta gran atención á estos dos pavos reales posados en la rama de un melocotonero en flor y que parecen formados con las plumas de los lindos pájaros que representan; pero cuando se ve que el suntuoso plumaje es artificial y que la seda, diversamente teñida, proviene de la mano del hombre que imita á la inimitable naturaleza, no se puede contener una exclamación de sorpresa.

La sala donde están los muebles es riquísima en maravillas. Son de una rareza rebuscada pero elegantísima é interesante como objetos de arte. He aquí sobre los batientes de un aparador toda una familia de currucas que han hecho su nido en el hueco de un árbol; los pajarillos baten sus alas, esponjan sus plumas y riñen con deliciosos movimientos que tan bien saben reproducir los pintores japoneses. Alrededor de ellos abundan las flores de nácar pintadas y hojas de marfil.

Un anciano de aspecto chinesco está esculpido con gran delicadeza en uno de los paineles de un armario de roble. Está sentado, con las piernas cruzadas y parece escuchar gravemente las oraciones que suben ó bajan hacia él. Este majestuoso personaje no es sino el dios de los infiernos. Sobre el otro painel una joven arrodillada parece invocar, en efecto, á la: sombría divinidad. Esta bella personita con su rostro de marfil, sus vestidos de laca y de metal, fué una célebre mundana que llevaba el armonioso nombre de Itgocondeion, y que cansada de su vida miserable, ya arrepentida,

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