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El Japón

arroja lejos de sí las pompas de Satán y se convierte en sacerdotisa. Está muy graciosa en su dolor, con sus largos cabellos esparcidos y su actitud atribulada en medio de sus bellas vestiduras acaso un poco mundanas aún. Cerca de ella, fuera de un lindo vaso con esmaltes separados, se abren unas peonías de porcelana. He aquí un armario de los más originales, con sus dos puertas de muy diversa ornamentación; una muestra sencillamente la madera tallada en bajorrelieve y la otra está adornada con diversas materias brillantemente coloreadas.

Un segundo armario, tallado en una especie de roble perfumado, está decorado con un búfalo de laca que se muestra de medio cuerpo, una rueda rota y un personaje vestido de nácar y corriendo á todo correr. Estos elementos, de una significación incomprensible para los europeos, bastan para recordar á los japoneses las aventuras de un antiguo soberano cuyo carro se atascó en un río y al que un búfalo, desuncido rápidamente de una carreta, sacó del atolladero.

En el fondo de un gran plato de madera de Ke-a-ki se ha esculpido un bello paisaje en el cual vagan algunas figuras. Más lejos se ve, en una pantalla de pino viejo, una escena de la vida íntima de un personaje, célebre bajo otros climas: es un escritor chino llamado en su patria Ouan-I-Tchi y en el Japón O-Gui-Si; está sentado detrás de una mesa escribiendo un pasaje famoso de sus obras. A algunos pasos de él, sus hijos vierten la tinta sobre el escritorio mientras

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