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El Japón

Son músicos celestes, mujeres Kamis que tocan la flauta, deslizando sus dedos por el semsim ó golpeando el tambor sagrado, mientras que sus hermanas, con una gracia adorable, inician delicadamente no se sabe qué danza mística, y, sus cuerpos esbeltos, extienden los brazos, vuelven la cabeza, en medio de los pliegues finos de sus gasas agitadas por el viento. El segundo vaso, en el cual desaparece el primero, está formado por un grupo de nubécillas azuladas que ocultan, bajo el velo que les conviene, á las diosas danzarinas. El botón de la tapadera es un pequeño elefante, también de porcelana en bruto, ornamentado con extraordinaria minuciosidad.

La cocción de estas porcelanas, algunas de cuyas partes se secan al sol, es extremadamente delicada y difícil de conseguir; el pebetero de que se trata es también, desde cualquier punto de vista, un objeto de los más raros.

Entre las obras del mismo género, hemos visto una jardinera de cuyas asas, recortadas en forma de olas, surge el Ki-Lin, animal fabuloso, especie de unicornio marino que se presenta, según parece, cuando el emperador gobierna con acierto.

La elección entre todos estos objetos de casi el mismo mérito es muy difícil y no se sabe si escoger este vasito en forma de cuerno, ligero, transparente, sonoro como una campanilla, adornado con flores de cerezo, cortejado por algunas mariposas, ó aquel gran plato en cuyo fondo unos dragones, en relieve, se persiguen entre

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