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El Japón

—¿La mayor? ¿la que yo amo?—exclamó Boitoro—¿Sabías su nombre y no me lo has dicho? Y el de tu bien amada, ¿lo sabes también?

—No—dijo Miodjin, quien de repente se había puesto pálido como la arena del sendero.


II

El pabellón de "Las mil campanitas" era un pequeño mirador que se alzaba en una de las márgenes del río en un claro del follaje. Se componía solamente de un techo, sostenido en cada ángulo por una vara de bambú; el entarimado, bastante apolillado, estaba más alto que el terreno y era necesario dar una zancada para subir.

Del lado del río había una pequeña balaustrada. El pabellón no tenía ninguna campana que justificara su nombre, á no ser que se considerasen como tales, las plantas trepadoras que lo tomaban como por asalto. El paisaje que se veía desde él era verdaderamente encantador.

Los dos jóvenes se instalaron en el pabellón y miraban el río porque ninguna barca que viniese de la ciudad, pudiera ir á la posada, sin pasar ante ellos. Boitoro había encendido su pipa, cuyo depósito de plata no era mayor que un dedal. Miodjin, acodado en la balaustrada, esforzábase por ocultar su turbación y su tristeza; pero su compañero notó su palidez.

—¿Qué tienes?—le preguntó.—¿Estás enfermo?

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