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EL CASAMIENTO DE LAUCHA

¡Es que veo que no me querés y que no pensás en mañana!

—Deja, hijita—le contestaba yo entonces, amansado por sus lloriqueos.—¡Ya verás cómo nos desquitamos! ¡No te aflijas, sonsa! ¡si hemos de ser muy felices!

—¡Ah, Madona, Madona mía!—suspiraba la gringa.

...En cuanto creí que el zaino estaba en punto de caramelo, me apronté á dar el gran golpe. Lo había tenido tapado, como ya les dije, y no lo conocían más que dos ó tres amigos, que pensaban jugar fuerte á sus patas, y que no me iban á descubrir ni por un queso.

Un domingo por la madrugada agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé, le llené la cola de barro y abrojos, y lo puse, en fin, que parecía el último matungo de una chacra de gallegos. Después le puse un apero viejo, y encargué á un peón de lo de Torres, que te-