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EL CASAMIENTO DE LAUCHA

Le iba á soltar lo de que no estábamos casados, pero caí en cuenta de que con la rabia era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme de la pulpería... y ¡como un poste!

—¡Si yo hubiera sabido!—gritaba la gringa. —¡Si yo hubiera sabido! porca la...!

Y se agarraba los pelos. Pero firmó...

¿A qué deciries que los pesos del Banco de Italia ya se habían ido por un camino? Quedaba la pulpería... pero casi tan pelada como la misma palma de la mano... ni un frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba muchas veces cómo se lo había llevado todo pateta, sin atinar con tanto bochinche, hasta que caí en la cuenta de que la Carolina, con sus lloriqueos y rabietas al botón, descuidaba el negocio y lo dejaba ir barranca abajo...

Entonces quise remediar yo solo las cosas, compré mucho al fiado, y principié á medio