Página:El ingenioso hidalgo Don Quijote del Mancha.djvu/504

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DON QUIJOTE.

298 DON aUlJOTE, te reciben, y otro tiempo te recibieron cuando la^fimuna quiso que pudiese llamarte mía. A estas razones puso Luscind^ en Caide* nio los ojos, y habiendo comentado á conocerle primeio pof la vos, y asegurándose que él era con la vista, casi fuera de sentido y sin tener cuenta á ningún tionesto respeto le echó los biB2S03 al cuello, y juntando su rostro con el de üardenio, le dijo: Yoa sí, ae&or mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunque mas lo im- pida la contraria suerte, y aunque mas amenazas le hagan á esta vida que en la vuestra se sustenta. Elstraño espectáculo fué este para Don Femando y para todos los circunstantes, admirándose de tan no visto suceso. - Parecióle á Dorotea que Don Fernando ha* bia perdido la color del rostro, y que hacia ademan de querer ven- garse de Cardenio^ porque le vio encanúnar la mano á ponella en la espada; y asi como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él por las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado que no le dejaba mover, y sin cesar un punto de sus lágrimas, ledecia: ¿Q^é es lo que piensas hacer, ánico refugio mío, en este tan impensado trance? tü tienes á tus pies á tu esposa, y la que quieres que lo sea, está en los brazos de su marido: mira si te estará bien ó te será po- sible deshacer lo que el cielo ha hecho, ó si te convendrá querer levantar á igual á tí mismo á la que, pospuesto todo inconvenien- te, cor^rmada en su verdad y firmeza delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licor amoroso el rostro y pecbo de su verdadero esposo. Por quien Dios es te ruego, y por quien tú eres te supli- co, que este tan notorio desengaño no solo no acreciente tu ira, si«  no que la mengüe en tal manera, que con quietud y sosiego permi- tas que estos dos amantes le tengan sin impedimento tuyo todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele, y en esto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo que tie- ne contigo mas fuerza la razón que el apetito. En tanto que esto decia Dorotea, aunque Cárdenlo tenia abrazada á Luscinda, no qui- taba los ojos de Don Fernando, con determinación de que si le vie- se hacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como mejor pudiese á todos aquellos qne en su daño se mostrasen, aunque le costase la vida. Pero á esta sazón acudieron los amigos de Don Femando, y el cura y él barbero, que á todo ha- blan estado presentes, sin que faltase el bueno.de Sancho Panza, y todos rodeaban á Don Fernando, suplicándole tuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que siendo verdad, como sin du- da ellos creian que lo era, lo que en sus razones habia dicho, que »=