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ANTÓN P. CHEJOV

las llaves. Ha reconocido, por este gesto, que la propiedad ya no les pertenece. El amo soy yo. (Hace sonar las llaves.) ¿Qué se me da de lo que puedan ellos pensar? (La orquesta afina sus instrumentos.) ¡Vengan acá; quiero oirles! ¡Mañana se oirá otra música: la del hacha de Yermolai Lopakhin cortando los cerezos, en cuyo ex jardín se elevarán las datchas. Una vida nueva renacerá en estos parajes. (La música suena. Lubova, sentada en una silla, llora amargamente.) ¿Por qué no ha escuchado usted mis consejos? Ahora ya es tarde.

Pitschik. (Estrechándole en sus brazos y besándole.)

Lubova Andreievna llora. Dejémosla sola. Vámonos.

Lopakhin.

¿Qué es eso? Músicos, tocad fuerte. Que se os oiga. Yo quiero que todo se efectúe con arreglo a mis instrucciones... (Con arrogancia.) Aquí está el nuevo propietario del jardín de los cerezos. (Yendo de un lado para otro, henchido de satisfacción, tropieza con un velador y derriba un candelabro.) ¡No es nada! Lo pagaré. Yo puedo pagar cuantos desperfectos se originen por mi causa. (Vase con Pitschik. En el salón no queda sino Lubova Andreievna, sentada y llorando. La orquesta toca a la sordina. Ania entra y se arrodilla ante su madre.)