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EL JARDÍN DE LOS CEREZOS

Navaguin emprendió el estudio de la firma de Fedinkof; la rúbrica, floreada, llena de rasgos y de curvas, al modo antiguo, no se parecía a ninguna de las otras rúbricas. Figuraba junto a la del secretario Stutchkin, hombre modesto y de pocos ánimos, quien antes moriría de susto que permitirse broma tan osada.

—Otra vez ha firmado ese misterioso Fedinkof—dijo Navaguin, penetrando en el aposento de su esposa y tampoco ahora me ha sido posible averiguar quién es.

La señora de Navaguin era espiritista y explicaba las cosas más inexplicables con la mayor sencillez del mundo.

—No veo en ello nada de extraordinario—repuso ella—; tú te empeñas en no creerlo; sin embargo, cuántas veces te he advertido que en la vida hay muchas cosas sobrenaturales, inaccesibles a nuestra comprensión. Estoy certísima de que el tal Fedinkof es un espíritu que siente simpatías por ti... En tu lugar, yo le llamaría y le preguntaría qué es lo que desea.

—¡Vaya una sandez!

Navaguin no tenía preocupaciones, pero el acontecimiento en cuestión se le antojaba tan misterioso, que su cabeza llenóse de ideas del otro mundo. Transcurrió la velada, y entre tanto, meditó sobre si ese Fedinkof sería alguno de sus subordinados, arrojado del servicio por algún predecesor suyo, y que se vengaba en la persona de uno de los sucesores de aquél. O quién sabe si no es el deudo de algún escribiente despedido por el propio Navaguin. O acaso también el espíritu de alguna doncella por él seducida... Durante toda la noche, Navaguin vió en sueños a un empleado