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ANTÓN P. CHEJOV

—La destrucción de los bosques es una cosa perjudicial a Rusia.

—Nicolás—suspira Varinka, mientras su nariz se colorea—, usted rehuye una conversación franca... Usted quiere asesinarme con su reserva... Usted se empeña en sufrir solo...

Me coge de la mano, y advierto que su nariz se hincha; ella añade:

—¿Qué diría usted si la joven que usted quiere le ofreciera una amistad eterna?

Yo balbuceé algo incomprensible, porque, en verdad, no sé qué contestarle; en primer lugar, no quiero a ninguna muchacha; en segundo lugar, ¿qué falta me hace una amistad eterna? En tercer lugar, soy muy irritable. Masdinka o Varinka cúbrese el rostro con las y dice a media voz, como hablando consigo misma: «Se calla..., veo que desea mi sacrificio. ¿Pero cómo lo he de querer, si todavía quiero al otro...? Lo pensaré, sí, lo pensaré, reuniré todas las fuerzas de mi alma, y, a costa, de mi felicidad, libraré a este hombre de sus angustias.»

No comprendo nada. Es un asunto cabalístico. Seguimos el paseo silencioso. La fisonomía de Narinka denota una lucha interior. Oyese el ladrido de los perros. Esto me hace pensar en mi disertación, y yo suspiro de nuevo. A lo lejos, a través de los árboles, descubro al oficial inválido, que cojea atrozmente, tambaleándose de derecha a izquierda, porque del lado derecho tiene el muslo herido, y del lado izquierdo tiene colgada de su brazo a una señorita. Su cara refleja resignación. Regresamos del bosque a casa, tomamos el