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ANTÓN P. CHEJOV

paraguas y diríjome a la glorieta. Conocedor como soy de mi carácter irritable, temo cometer alguna barbaridad. Me las arreglaré para refrenarme. En la glorieta, Masdinka me espera. Narinka está pálida y solloza. Al verme, prorrumpe en una exclamación de alegría y agárrase a mi cuello.

—Por fin, ya abusas de mi paciencia. No he podido cerrar los ojos en toda la noche. He pensado durante la noche, y a fuerza de pensar, saqué en consecuencia que cuando te conozca mejor te podré amar.

Siéntome a su lado; le expongo mi opinión acerca del matrimonio. Por no alejarme del tema y abreviarlo, hago sencillamente un resumen histórico. Hablo del casamiento entre los egipcios; paso a los tiempos modernos, intercalo algunas ideas de Schopenhauer. Masdinka me presta atención; pero luego, sin transición, me dice:

—Nicolás, dame un beso.

Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste. ¿Qué hacer? Me levanto y le beso su larga cara. Ello me produce la misma sensación que experimenté cuando, siendo niño, me obligaron a besar el cadáver de mi abuela. Varinka no parece satisfecha. Salta y me abraza. En el mismo momento, la mamá de Masdinka aparece en el dintel de la puerta. Hace un gesto de espanto; dice a alguien: «¡spch!», y desaparece como Mefistófeles, por escotillón. Incomodado, me encamino nuevamente a mi casa. En ella me encuentro a la mamá de Varinka, que abraza, con lágrimas en los ojos, a mi mamá. Ésta llora y exclama: «Yo misma lo deseaba.» A renglón seguido: «¿Qué les parece a ustedes?» La