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ROBERTO ARLT

Desconcertado repliqué:

—Pero señor, yo soy Astier...

—No lo conozco, señor, no me moleste más con sus cartas impertinentes. Juan, acompáñelo al señor.

Después volviéndose cerró fuertemente la puerta tras sus espaldas.

Y otra vez más triste, bajo el sol, emprendí el camino hacia la caverna.

Una tarde, después que se insultaron hasta enronquecer, la mujer de don Gaetano, comprendiendo que éste no abandonaría el comercio como otras veces, resolvió marcharse.

Salió hasta la calle Esmeralda y volvió del departamento con un lío blanco. Después, para perjudicar al marido que tarareaba insultante un "couplet" a la puerta de la caverna, se dirigió a la cocina y nos llamó a Dio Fetente y a mí. Me ordenó pálida de rabia.

—Sacá esa mesa, Silvio.— Tenía los ojos más verdes que nunca, y dos manchas de carmín en las mejillas. Sin cuidarse de que el borde de su pollera se ensuciaba en la humedad del cuchitril, inclinábase aderezando los enseres que se llevaría.

Yo, tratando de no mancharme de grasa, retiré la mesa, una tabla pringosa con cuatro patas podridas. Allí preparaba sus bodrios el lacerado Dio Fetente.

Dijo la mujer.

—Poné las patas para arriba.

Comprendí su pensamiento. Quería convertir el trasto en una angarilla.