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LEOPOLDO LUGONES

po, si esta esfera crece incesantemente en el espacio celeste de nuestra impresión inicial, tiende, según lo demostró Lobatschewsky, a confundirse con el plano euclidiano.

El rayo curvo de luz sería la recta de Riemann, que creciendo como radio, nos daría la horisfera de Lobatschewsky: prácticamente un plano, y desvanecería el espacio esférico intuitivo, señalándole, no obstante, una finitud.

Sitter, a su vez, cree que la luz tardaría más de treinta millones de años en volver a su punto de partida: tiempo que multiplicado por la velocidad de aquélla, o sea la velocidad máxima invariable, según la doble comprobación de Michelson y Morley, y de Einstein, daría en cifras un círculo máximo: vale decir, el tamaño del espacio. Siendo la velocidad de la luz trescientos mil kilómetros por segundo, el producto indicado expresará una magnitud tan inconcebible y tan inaccesible como el fondo del espacio intuitivo, lo que no valdría la pena en realidad, si no fueran sus consecuencias enormes. La inferencia por defecto material comporta una humillación resignada o fatalista. La comprobación por el cálculo es un triunfo de la razón humana, mediante el cual, y en cierto modo, se supera a sí mismo el hombre.

Por esto los iniciados griegos decían que en nosotros habita un espíritu solar: el Prometeo revelador del fuego, o generalizando, la mente, encadenada por la insuficiencia de los sentidos. Libertarlo