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vida privada. Al llegar al caso de los soras, Leónidas Benites decía, con aire de filósofo y en tono redentor y dolorido:

 —¡Pobres soras! Son unos cobardes y unos estúpidos. Todo lo hacen porque no tienen coraje para defender sus intereses. Son incapaces de decir no. Raza endeble, servil, humilde hasta lo increíble. ¡Me dan pena y me dan rabia!

 Marino, que ya estaba en sus copas, le salía al encuentro:

 —Pero no crea usted. No crea usted. Los indios saben muy bien lo que hacen. Además, esa es la vida: una disputa y un continuo combate entre los hombres. La ley de la selección. Uno sale perdiendo, para que otro salga ganando. Mi amigo: usted, menos que nadie...

 Estas últimas palabras eran dichas con marcado retintín. Y todo, por la manía de socarronear y acallar a los demás, que era rasgo dominante en el carácter de Marino. Benites comprendía la alusión y se turbaba visiblemente, sin poder replicar a un hombre fanfarrón, y que, además, estaba borracho. Pero los contertulios sorprendían el detalle, gritando a una voz y con burla:

 —¡Ah! ¡Claro! ¡Natural, natural!

 El ingeniero Rubio, rayando con la uña, según su costumbre, el zinc del mostrador, argumentaba con su voz tartamuda y lejana:

 —No, señor. A mí me parece que a estos indios les gusta la vida activa, el trabajo, abrir brechas en las tierras vírgenes, ir tras de los animales salvajes. Esa es su costumbre y su manera de ser. Se deshacen de sus cosas, sólo por lanzarse de nuevo en busca de otros ganados y otras chozas. Y así viven contentos y felices. Ignoran lo que es el derecho de la propiedad y creen que todos pueden agarrar indis-