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 Juguémosla al cachito, si usted quiere.

—¡Eso es! ¡Al cacho! ¡Al cacho! ¡Pero juguémosla entre todos! —argumento Baldazari.

 En torno al mostrador se formó un círculo. Todos, y hasta el mismo Benites, estaban borrachos. Marino agitaba el cacho ruidosamente, gritando:

 ¿Quién manda?

 Tiró los dados y contó, señalando con el dedo y sucesivamente a todos los contertulios:

 -¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Usted manda!

 Fue Leónidas Benites a quien tocó jugar el primero.

 —Pero ¿qué jugamos? — preguntaba Benicacho en mano.

 — ¡Tire no más! —decía Baldazari — ¿No está usted oyendo que vamos a jugar a la Rosada?

 Benites respondió turbado, a pesar de su borrachera:

 ¡No, hombre! ¡Jugar al cacho a una mujer! ¡Eso no se hace! ¡Juguemos una copa!

 Unánimes reproches, injurias y zumbas ahogaron los tímidos escrúpulos de Leónidas Benites, y se jugó la partida.

 ¡Bravo! ¡Que pague una copa! ¡El remojo de la sucesión!

 El comisario Baldazari se ganó al cacho a la Rosada y mandó servir champaña. Machuca se le acercó, diciéndole:

 —¡Qué buena chola se va usted a comer, comisario! ¡Tiene unas ancas así!. . .

 El cajero, diciendo esto, abrió en círculo los brazos e hizo una mueca golosa y repugnante. Los ojos del comisario también chispearon, recordando a la Rosada, y preguntó a Machuca:

 — Pero ¿dónde vive ahora? Hace tiempo que no la veo.