Página:El tungsteno.pdf/48

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46  —Tratándose de usted, míster Taik, ya sabe que yo no reparo en nada. Soy su amigo, muy modesto, sin duda, muy humilde y muy pobre, el último, quién sabe, pero amigo de veras y dispuesto a servirle hasta con mi vida. Su pobre servidor míster Taik. ¡Su pobre amigo!

 Marino se inclinó largamente.

 En ese momento, míster Weiss, del otro extremo del bazar, llama al comerciante:

 —¡Señor Marino! ¡Otra tanda de champaña! . . .

 José Marino voló a servir las copas.

 Entretanto, la Graciela estaba ya borracha.

 José Marino, su amante, la había dado a beber un licor extraño y misterioso, preparado por él en secreto. Una sola copa de este licor la había embriagado. El comisario le decía en voz baja y aparte a Marino:

 —¡Formidable! ¡Formidable! Es usted un portento. Ya está más para la otra que para ésta . . .

 —Y eso —respondía Marino, jactancioso— y eso que no le he puesto mucho de lo verde. De otro modo, ya habría doblado el pico hace rato ...

 Abrazaba a Baldazari, añadiendo:

 —Usted se lo merece todo, comisario. Por usted todo, ¡No digo un "tabacazo"! ¡No digo una mujer! ¡Por usted, mi vida! Créalo.

 La Graciela, en los espasmos producidos por el "tabacazo", cantaba y lloraba sin causa. Se paraba de pronto y bailaba sola. Todos hacían palmas, entre risas y requiebros. La Graciela, con una copa en la mano, decía, bamboleándose y sin pañolón:

 —Yo soy una pobre desgraciada ¡Don José! ¡Venga usted! ¿Quién es usted para mí? ¡Hágame el favor! Yo sólo soy una pobre, y nada . . .