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 Muchos vecinos de Colca se mostraban quemados de cólera. Una piedad unánime cundió en el pueblo. La ola de indignación colectiva llegó hasta los pies de la Junta Conscriptora Militar. El subprefecto Luna, dando un paso hacia la vereda, lanzó un grito colérico sobre la multitud:

 —¡Silencio! ¿Qué quieren? ¿Qué dicen? ¿Por qué alegan? . . .

 Se le acercó el alcalde Parga.

 —¡No haga usted caso, señor subprefecto! —le dijo, tomándolo del brazo— ¡Venga usted! ¡Venga usted con nosotros! . . .

 —¡No, no! —gruñó violentamente el subprefecto, en quien las copas de pisco apuradas con "Marino Hermanos" habían producido una embriaguez furiosa.

 Luna se irguió todo lo que pudo al borde de la acera y dijo al sargento, que estaba frente a él, esperando sus órdenes:

 —¡Tráigame a los "enrolados"! ¡Hágalos entrar!

 —¡Muy bien, su señoría! —respondió el sargento, y transmitió la orden a los gendarmes.

 Los "enrolados" fueron desatados de los pescuezos de las mulas e introducidos al despacho de la Junta Conscriptora Militar, Siempre amarrados los brazos atrás y sujetos por la cintura con el lazo de cuero. Yépez y Conchucos avanzaron penosamente, empujados y sacudidos por sus guardias. La muchedumbre, al verlos cárdenos, silenciosos, las cabezas caídas, los cuerpos desfallecientes, casi agónicos, se agitó en un solo movimiento de protesta.

 —¡Asesinos! —gruñían hombres y mujeres—. ¡Ahí van casi muertos! ¡Bandidos! ¡Asesinos! . . .

 Las familias de los yanaconas quisieron entrar al despacho del subprefecto, tras de los "enrolados", pero los gendarmes se lo impidieron.